Hay una fuerza interior que, aun cuando intentamos silenciarla, continúa llamándonos hacia aquello que todavía no hemos comprendido de nosotros mismos.
Tenía quince rebeldes años cuando mi mamá decidió llevarme a conversar con un sacerdote que también era psicólogo. Ella me acompañó solo la primera vez. Después, seguí asistiendo por decisión propia a aquellas sesiones.
Quizás me sentí, por primera vez en mucho tiempo, visto y contenido. Hoy, mirando mi camino en retrospectiva, entiendo que también había comenzado a desarrollar algo que terminaría orientando muchas decisiones de mi vida: la habilidad de responder de manera responsable a aquellas piedras que la vida había ido dejando en mi camino.
Seguramente, a los quince años, no sabía qué estaba buscando, pero ya existía en mí una disposición interior que me orientaba a aquello que necesitaba una revisión honesta.
Hoy creo que todos nacemos con esa intuición.
Soy yo quién decide cómo responder a las circunstancias
Pasé mucho tiempo intentando comprender el porqué de determinadas circunstancias de mi vida.
El porqué busca explicar lo que ocurrió. Y muchas veces, esa búsqueda me dejaba atrapado en la rumiación.
¿Por qué me trataron así?
¿Por qué esta persona hizo esto?
El para qué cambia el foco hacia mí y mi capacidad de acción. Me llevó años pasar del porqué al para qué.
¿Qué necesito aprender?
¿Qué puedo gestionar?
¿Qué quiero construir a partir de ahora?
No fui responsable de la infancia que tuve. Nadie lo es. Tampoco fui responsable de las formas de adaptación que desarrollé para atravesar esos primeros años. Fueron respuestas profundamente inteligentes de un niño que hacía lo mejor que podía con los recursos que tenía.
Pero la vida, con el tiempo, me cambió la pregunta:
Rolo, ¿quién va a responder ahora? ¿Aquel niño que había aprendido a protegerse como podía? ¿O el hombre que, poco a poco, está desarrollando nuevos recursos para vivir de otra manera?
No niego mi historia. Pero me niego a quedar limitado por esa narrativa para toda la vida. Elijo desarrollar, poco a poco, la capacidad de responder desde el carácter que decidí cultivar, haciéndome responsable de lo que hago con mi propio sufrimiento.
El sufrimiento no es el enemigo
Comprendí que nuestros conflictos no son piedras de los que deberíamos librarnos cuanto antes. Quizá también sean la forma en que una parte más profunda de nosotros mismos intenta conducirnos hacia una verdad que todavía no hemos podido reconocer.
He observado que ciertas situaciones parecen insistir una y otra vez. Cambian las personas, los escenarios, las circunstancias. Y, sin embargo, algo vuelve a tocar la misma fibra interna.
La vida no nos castiga con la misma suerte, como solemos pensar. Quizá sólo nos esté preguntando si esta vez estamos dispuestos a responder de una manera diferente.
La responsabilidad comienza cuando dejamos de repetir
Siempre asocié la responsabilidad con la obligación, la culpa y el deber. Con hacerme cargo de algo que yo mismo había provocado.
Hoy, me encuentro con bibliografía que me cambia esa vieja concepción de la palabra responsabilidad.
Responsabilidad significa poder responder, del mejor modo que permita nuestra capacidad, ante cualquier situación de la vida. El autor Sadhguru, aclara que no equivale a culparse: una reacción compulsiva deja nuestra conducta gobernada por lo externo, pero ampliar nuestra capacidad de respuesta nos devuelve margen de acción.
Esta idea también me acerca a Viktor Frankl y a su libro “El hombre en busca de sentido”. En su mirada, incluso cuando no podemos elegir lo que nos sucede, existe un espacio interior desde el cual podemos decidir cómo responder. La responsabilidad, entonces, no consiste solamente en hacernos cargo de lo que hacemos, sino también de la actitud con la que enfrentamos aquello que la vida pone delante de nosotros.
La forma en que elegimos ejercer nuestra responsabilidad es el cimiento del cambio.
La responsabilidad comienza cuando dejamos de entregarles a nuestras viejas heridas el gobierno de nuestra vida. Cuando empezamos a reconocer que, aunque no elegimos muchas de las experiencias que nos formaron, sí podemos desarrollar los recursos internos necesarios para responder a ellas de una manera más consciente.
Mirando mi historia, descubro que ser responsable siempre fue, una de las constantes más importantes de mi vida.
No siempre tuve claridad. Casi nunca encontré rápidamente las respuestas. Muchas veces me sentí perdido. Pero siempre recogí el guante cuando mi cabeza y mi corazón se llenaban de preguntas. Siempre hubo una parte de mí que siguió intentando comprender.
No necesariamente para convertirme en alguien mejor, pero si, y hoy lo puedo nombrar como mi mayor anhelo, para vivir con más verdad.
Persiguiendo una verdad que siempre me precedía
Cuando llegué a la conclusión de que mi desafío era construir una relación más amorosa conmigo mismo, pensé que mi lección de vida era dejar de buscar en otros aquello que necesitaba reconocer en mí.
Fue entonces cuando, durante una sesión, alguien me hizo una pregunta:
—Rolo, ¿y si toda esta búsqueda ya fuera una forma de amor propio?
Nunca lo había pensado así.
Quizás mi afán de evolucionar siempre fue una expresión de amor hacia mí mismo. No una meta que algún día alcanzaría.
Quizá el amor propio estuvo presente cada vez que decidí no abandonar la posibilidad de comprenderme.
Cada vez que elegí desarrollar una respuesta más consciente en lugar de repetir automáticamente aquello que me alejaba de mi verdad.
Cada vez que me negué a permitir que mis heridas fueran las únicas encargadas de responder por el adulto que quería llegar a ser.
Durante muchos años pensé que estaba construyendo amor propio. Recién hoy veo que fue ese amor propio el que me trajo hasta aquí.
Rolo Aguirre
Acompañamiento en procesos de comprensión profunda y transformación personal.
